Aceite
El despertador sonaba a lo lejos. Era atorrante. Era
realmente insoportable y sofocante. Una mano gorda y torpe empezó a tantear el
terreno. Primero la pared, luego una hamburguesa mordida en la mesa de noche, y
fue golpeando todo, desde un pote de pastillas, una lámpara, helado, hasta
llegar al aparato que chillaba sin cesar. Lo apretó, meneó y sacudió, pero
seguía con su ruido incesante. La mano logró empujarlo y el viejo reloj cayó en
un cesto de basura llena de un líquido con grumos y tropiezos color marrón con
rojo. Esta especie de fluido espeso y movedizo pareció tragarse el reloj sin
ningún esfuerzo, disipando el sonido hasta matarlo. La manó regresó y
desapareció entre la cobija de una cama donde un cuerpo soñoliento ocupaba la
mitad de su tamaño king size. Sonó el teléfono y una almohada sobre la cabeza
pareció la manera perfecta de olvidarse del mundo, del sonido, de la gente, del
trabajo y de sí misma. La llamada terminó pero en seguida el ring ring la exasperó. Por partes, como
si fuese un largo y tedioso proceso, el cuerpo se puso de lado, el brazo empujó
el colchón, las piernas salieron hacia lo que para ella era un infinito viaje
hasta el piso, y atendió. Ya era la quinta vez que sonaba. Silencio. Habían
trancado. Se puso el auricular sobre la oreja y el frío le gustó. Lo pasó por
su mejilla, su boca, su cuello, sus senos y al llegar a su barriga frenó el
movimiento y en un arrebato repentino tiró el teléfono al suelo haciendo que se
rompiese en mil pedazos. Se paró con una lentitud sufrida casi insoportable de
ver y se dirigió a su lugar de refugio y trampa. Ese espacio que la amenazaba y
llevaba al límite del precipicio pero que, a la misma vez, la tranquilizaba y
reconfortaba de alguna manera que no conocía. No soportaba ese sitio pero era
su lugar seguro. Se paró ante él primero con los ojos cerrados. Esta era su
rutina y sin embargo cada día debía prepararse para el rito. Abrió los ojos
despacio. Era como si cualquier movimiento de cuerpo le doliera. Como si
hubiese estado inmovilizada por años y el despertar brusco y súbito hiciera que
sus huesos crujieran. La imagen que apareció en el espejo fue inquietante y lo
mostró con una mueca de disgusto. Se quitó el gran camisón blanco talla XXXXXXL
y quedó completamente desnuda. Cambió de posición varias veces. De frente, con
sus senos monstruosos que colgaban deprimidos de su pecho, hizo el mismo gesto.
Su expresión no cambió cuando se puso de lado y cuando le dio la espalda a su
reflejo. Cuando volvió a su posición original, se vio con humillación y
maltrato su celulitis, estrías, várices y pedazos de piel que se cubrían entre
sí, y empezó a pellizcarse los rollos. Agarraba duro zonas de su piel y la
extendía hasta sus límites desde donde la soltaba haciendo que el resto de la
barriga temblara. Hizo esto hasta que la zona se tornó morada con fucsia y
luego subió la mirada para rechazarse nuevamente.
Su asombro llegó cuando los pedazos de estómago
empezaron a caer sobre la alfombra, a deslizarse por el suelo, subir la pared y
lanzarse por la ventana. Las capas de grasa comenzaron a desprenderse de su
cuerpo y hacer pequeños grupos, cómplices entre ellos, de enfrentamiento contra
la mujer de quien hasta unos segundos eran parte, que los había creado,
implicados en una huida de su guarida. Ella, perpleja, veía cómo su barriga
después de ser desprovista de carne, empezó a ser líquido, líquido que corría
por sus piernas y creaba pozos inmensos a su alrededor. El olor empezó a ser
más fuerte. Olía a aceite. Su grasa era aceite. Estaba desprendiendo aceite.
Olió después a algo frito. Algo que se mezclaba con el aceite y dirigió la
mirada a la ventana, donde algo parecía volar, o más bien, caer. Se acercó a la
ventana y se dio cuenta que desde su apartamento salía humo. Su PH estallaba en
llamas y sus vecinos, desesperados y sin hallar otra solución, salían del espejo
y se lanzaban al vacío. Observó sus cuerpos perfectos desplomándose y
convirtiéndose en pedazos de carne. Se transformaron en grasa, en su grasa, en
grasa de la barriga de aquella mujer. Cerró la ventana y volvió al espejo. Esta
vez levantó la mirada más rápido. Esta vez se pasó la mano por sus costillas
hambrientas, por sus piernas desnutridas, por su cara cadavérica donde su piel
tocaba sus huesos, sus chupadas nalgas, y se sentó en el piso, derrotada. Esta
vez vio su mano y escondió todos sus dedos menos el índice, el cual metió en su
boca y empujó hasta la garganta, provocando pequeñas convulsiones que
finalmente hicieron que estallara un chorro de líquido espeso, con grumos y
tropiezos, color marrón y rojo.

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