Sunday, April 22, 2012




Cómplices de un amor eterno

Sonia Laboa una mañana, sin levantarse de la cama, dirigió su mano izquierda a lo que había dejado convertirse en una selva oscura, poblada y tupida. Sin meditarlo, comenzó a satisfacerse a sí misma pero terminó por aburrirse y sus movimientos se detuvieron. Miró el techo, cerró los ojos y de inmediato las imágenes de sus ex la recorrieron. Apareció Marta siendo devorada por una serpiente que inyectaba su veneno en los lugares menos comunes. Sara, estrangulada por las piernas temblorosas de aquellos tornados de placer. Audra, volteando su mundo, cambiando las reglas. Ana llenándola de vicios y vaciándola de purezas. Tania envolviéndola con sus gemidos convertidos en gritos. Andreína tragándose sus arañazos. De pronto la imagen de Bianca Torres, una de sus estudiantes, le vino a la mente. Abrió los ojos, agarró la barra de chocolate de su mesa de noche, y los cerró de nuevo. El dulce paseó por sus formas colgantes: sus senos, su barriga con un gigantesco hueco intentando ser ombligo, sus piernas cubiertas de celulitis y su vagina mojada. La recordó mordiéndose los labios, jugando con su pelo, y de repente, un orgasmo la invadió.

Le costó pararse de la cama pero lo hizo pues ya iba tarde a clases. Se puso su vestido de puntos negros y agregó accesorios extravagantes, pues estaba decidida a conquistar a la causante de sus espasmos. Necesitaba algo nuevo, algo fresco.

La cabina de vigilancia de la universidad algo destrozada, llena de recortes de periódico, encerraba a Franklin Stein. Allí fumaba y veía el trasero a las muchachas que pasaban mientras recordaba el chalequeo que recibía en el colegio a causa de sus modales extraños inculcados por su padre estricto y severo. Su madre, protectora, pasó a ser su única mujer. Esto, hasta que lo tropezó Bianca Torres y lo sacó de sus recuerdos. Se disculpó con su dulce voz y siguió su camino dejándole una sonrisa perfecta y esperanzadora. Franklin quedó hipnotizado y ésta vez no le vio las curvas ni las piernas, que si continúas subiendo la mirada, acabas en la gloria -literalmente-, sino que vio su cabello ondulado bailando con el viento y la forma en que sus pies acariciaban el piso. Lo había tentado. Lo había sacudido y hecho vibrar.

Decidió seguirle los pasos dejando un espacio cómplice entre ellos para que nadie sospechara. En su camino, creó un mundo donde él la protegía y la mantenía pura dentro de él. Los dos solos en sus entrañas, debajo de la piel, en un nuevo ser.

Sonia no dejó de notar la ausencia de vigilante a su entrada a la universidad y no se detuvo,  sino que siguió presurosa hacia aquellas escaleras solitarias que eran parte segura del itinerario regular de su presa. Como era de esperar, Bianca apareció, más bella que nunca, y se detuvo a hablar con su profesora. Franklin esperó en la parte inferior al escuchar las voces.

-Te estaba esperando-
-¿Pasó algo?-
-No- dice pasándole la mano por el pelo –es que quiero besarte en esos labios que hablan y en los que no- la besó de manera brusca y salvaje.

Sonia intentó callar los gritos de Bianca cubriéndole la boca y la nariz con sus manos. Tuvo que hacer un esfuerzo bastante grande para acostarla en los escalones y hacer que se calmara, esquivando las patadas que lanzaba la niña. Sonia se asomó a ver si había alguien alrededor y al ver que Franklin, 3 pisos más abajo, empezaba a subir sospechando que algo malo estaba ocurriendo, apretó con más fuerza las salidas de aire de la muchacha y le pidió que se callara. Cerró los ojos unos segundos y sintió cómo se aflojaba el cuerpo que tenía debajo de ella. Los abrió lentamente, retiró sus manos y descubrió la mueca fatal de su estudiante. Tras el cuerpo sin vida, Laboa huyó sin mirar atrás mientras gritaba en su interior <<la cárcel hará que este amor se consume para siempre>>.
Franklin quedó horrorizado frente al cuerpo de su reciente amor. La vio y sonrió. Gracias a alguien, la tenía en sus manos. Acercó su cara y le besó la mueca. Con un poco de fuerza logró meter la lengua en su boca y ésta se desorbitó un poco en la oscuridad. Jugó con sus labios fríos, mordió su lengua tiesa y al cabo de un rato, un líquido caliente se desbordó por sus pantalones. Le cerró los ojos inmóviles en un instante de espanto, y volvió a sonreír. Era suya. Por siempre.

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