Cómplices de un amor eterno
Sonia Laboa una mañana, sin levantarse de la cama, dirigió
su mano izquierda a lo que había dejado convertirse en una selva oscura,
poblada y tupida. Sin meditarlo, comenzó a satisfacerse a sí misma pero terminó
por aburrirse y sus movimientos se detuvieron. Miró el techo, cerró los ojos y
de inmediato las imágenes de sus ex la recorrieron. Apareció Marta siendo
devorada por una serpiente que inyectaba su veneno en los lugares menos
comunes. Sara, estrangulada por las piernas temblorosas de aquellos tornados de
placer. Audra, volteando su mundo, cambiando las reglas. Ana llenándola de
vicios y vaciándola de purezas. Tania envolviéndola con sus gemidos convertidos
en gritos. Andreína tragándose sus arañazos. De pronto la imagen de Bianca
Torres, una de sus estudiantes, le vino a la mente. Abrió los ojos, agarró la
barra de chocolate de su mesa de noche, y los cerró de nuevo. El dulce paseó
por sus formas colgantes: sus senos, su barriga con un gigantesco hueco
intentando ser ombligo, sus piernas cubiertas de celulitis y su vagina mojada.
La recordó mordiéndose los labios, jugando con su pelo, y de repente, un
orgasmo la invadió.
Le costó pararse de la cama pero lo hizo pues ya iba
tarde a clases. Se puso su vestido de puntos negros y agregó accesorios
extravagantes, pues estaba decidida a conquistar a la causante de sus espasmos.
Necesitaba algo nuevo, algo fresco.
La cabina de vigilancia de la universidad algo destrozada,
llena de recortes de periódico, encerraba a Franklin Stein. Allí fumaba y veía el
trasero a las muchachas que pasaban mientras recordaba el chalequeo que recibía
en el colegio a causa de sus modales extraños inculcados por su padre estricto
y severo. Su madre, protectora, pasó a ser su única mujer. Esto, hasta que lo
tropezó Bianca Torres y lo sacó de sus recuerdos. Se disculpó con su dulce voz
y siguió su camino dejándole una sonrisa perfecta y esperanzadora. Franklin
quedó hipnotizado y ésta vez no le vio las curvas ni las piernas, que si
continúas subiendo la mirada, acabas en la gloria -literalmente-, sino que vio
su cabello ondulado bailando con el viento y la forma en que sus pies
acariciaban el piso. Lo había tentado. Lo había sacudido y hecho vibrar.
Decidió seguirle los pasos dejando un espacio cómplice
entre ellos para que nadie sospechara. En su camino, creó un mundo donde él la
protegía y la mantenía pura dentro de él. Los dos solos en sus entrañas, debajo
de la piel, en un nuevo ser.
Sonia no dejó de notar la ausencia de vigilante a su
entrada a la universidad y no se detuvo, sino que siguió presurosa hacia aquellas escaleras
solitarias que eran parte segura del itinerario regular de su presa. Como era
de esperar, Bianca apareció, más bella que nunca, y se detuvo a hablar con su
profesora. Franklin esperó en la parte inferior al escuchar las voces.
-Te estaba esperando-
-¿Pasó algo?-
-No- dice pasándole la mano por el pelo –es que quiero
besarte en esos labios que hablan y en los que no- la besó de manera brusca y
salvaje.
Sonia intentó callar los gritos de Bianca cubriéndole
la boca y la nariz con sus manos. Tuvo que hacer un esfuerzo bastante grande
para acostarla en los escalones y hacer que se calmara, esquivando las patadas
que lanzaba la niña. Sonia se asomó a ver si había alguien alrededor y al ver que
Franklin, 3 pisos más abajo, empezaba a subir sospechando que algo malo estaba
ocurriendo, apretó con más fuerza las salidas de aire de la muchacha y le pidió
que se callara. Cerró los ojos unos segundos y sintió cómo se aflojaba el
cuerpo que tenía debajo de ella. Los abrió lentamente, retiró sus manos y
descubrió la mueca fatal de su estudiante. Tras el cuerpo sin vida, Laboa huyó
sin mirar atrás mientras gritaba en su interior <<la cárcel hará que este
amor se consume para siempre>>.
Franklin quedó horrorizado frente al cuerpo de su reciente
amor. La vio y sonrió. Gracias a alguien, la tenía en sus manos. Acercó su cara
y le besó la mueca. Con un poco de fuerza logró meter la lengua en su boca y
ésta se desorbitó un poco en la oscuridad. Jugó con sus labios fríos, mordió su
lengua tiesa y al cabo de un rato, un líquido caliente se desbordó por sus
pantalones. Le cerró los ojos inmóviles en un instante de espanto, y volvió a
sonreír. Era suya. Por siempre.

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