Cuando José Antonio Ramos
Sucre descubrió el caracol en el medio de su alfombra recordó el día en el que
su tío, el gran mariscal Antonio José, le habló del mar. “Es peligroso como una
mujer, no confíes jamás en él”. El niño quien admiraba esa masa que cubría con
su inmensidad el mundo entero, cambió de opinión. Empezó a ver esa grandeza
como algo resbaladizo. En sus olas veía los caprichos de una hembra, en los
remolinos veía la seducción que terminaba en destrucción y en la serenidad veía
las tormentas escondidas. Terminó por alejarse completamente de él, de él y de
las mujeres. Los evadió tanto en su poesía como en su vida. Hasta que el mar lo
alcanzó de manera particular.
Una noche en la que Ramos Sucre dormía, un
cangrejo dejó atrás su viejo caparazón, chiquito y seco, y se arrastró hacia el
cuerpo tembloroso que sudaba tras alguna pesadilla. El pequeño animal, ahora
desnudo y desprotegido, entró por su oído y trató de hacer su nido allí. Así
estuvo varias noches, trasladándose desde la oreja de su nuevo huésped, a los
diferentes caracoles luego dejados por la incomodidad. Probó con varias cuevas
pero se fue dando cuenta que su hogar y sitio seguro estaba en el calor del
cuerpo. No hizo falta mucho tiempo para que Ramos Sucre notara los cambios.
Tenía una nueva lucha contra sí mismo y contra la apasionante y a la vez odiada
tarea de tratar de dormir. Tenía que esforzarse por vencer un insomnio potente
e indestructible que lo había tomado por sorpresa. La noche que vio el caracol
en el medio de su cuarto, supo que había encontrado un nuevo ocio que lo mantendría
ocupado en la oscuridad. Lo agarró y observó por unos minutos. Lo detalló y lo
olió. Tenía un olor extraño pero conocido, a abandono y olvido, olía a otro
cuerpo, a otro ser insatisfecho con su estar. Lamió la concha, como si su
lengua fuese el pegamento perfecto, y la colocó en el medio de una de sus
paredes. Noche tras noche repitió el ritual. Colocaba los caracoles que
aparecían en su alfombra unos al lado de los otros convirtiendo su pared blanca
en una pared de seres idos, de seres con reclamos, con inseguridades, con
miedos y de seres escapados. El cangrejo iba hasta la entrada que daba hacia la
calle, años atrás cubierta por el mar, elegía una concha, se introducía en
ella, sacaba sus cinco pares de patas, y así, saciaba sus ganas de ser su
propio Dios por un rato. Pronto, el espacio limitado lo llevaba a sus raíces de
ermitaño y lo hacía viajar al órgano auditivo de aquél hombre percibido como
depresivo y angustiado a punto de perecer. Era fácil presa para dominar y
transformar en objeto andante a su gusto. En la oreja se sentía cómodo y se
posaba en su borde por las noches admirando el paisaje: libros por todas partes
de latín, de historia, de literatura, etc, pedazos de poemas arrugados y
lanzados por aquí y por allá, y en general, un gran desastre. Nada tenía un
orden ni una razón de ser sino la pared en construcción. El cangrejo observaba
la obra de arte hecha precisamente con los que habían sido su techo y sonreía
al saber que tenía al hombre a su dominio. Pacientemente lo llevaba hacia la
muerte. Poco a poco con un sufrir leve pero intenso. Ramos Sucre empezó como si
fuese un títere, a armar un refugio, un sitio que lo curara, un lugar tan lleno
de huídas, que fuese capaz de abrazarlo y no dejarlo ir nunca. Su única
libertad fue esa y la escritura. Con una, liberaba sus demonios, y con la otra,
armaba un lugar para acurrucarse. Los dos, cangrejo y humano, buscaban al final lo mismo: escapar de la
cárcel de la vida y cobijarse en otro cuerpo lleno de historias y vacío de
seres.
Un día el cangrejo, aburrido, desapareció. Ramos
Sucre, al ver su pared terminada, se metió en ella. Se acostó y acurrucó como
pudo. Sentía el filo de las conchas como inyecciones de sueño necesarias. Allí,
cerró los ojos y por fin pudo dormir. Despojado del otro e introducido en otros
se sintió completo. El mar con sus mañas, con sus
encantos lo completó. La concha hecha de caracoles se convirtió en su hogar y
sitio seguro.

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