Sunday, April 22, 2012




LA ÚLTIMA DILIGENCIA

Un domingo el mañana Estefanía se despertó con una gran resaca. Su cuerpo parecía no pertenecerle y lo sentía ajeno a su cabeza que se sentía atrapada en las voces de las personas cantando reggaetón (o más bien gritando como si fuese una competencia de ver quien se sabía mejor los “mi gata me dice arre, arre, arre” o los “la media vuelta, sacude duro”) que le hicieron perder el control la noche anterior. Hizo el ritual que sus amigas le habían indicado: tres vasos de agua y una aspirina antes de dormir, pero no había resultado aparente. Al tratar de sentarse en la cama, un mareo la sorprendió haciéndola expulsar lo único que tenía en la barriga, 7 u 8 shots de tequila y un pan con mantequilla que se había atragantado antes de lanzarse en la cama y perder el conocimiento. –Buena noche ¿no?-. Subió la mirada y vio a su hermana menor, Victoria, en la puerta del cuarto. –Tranquila, yo lo limpio, pero entonces ve tú a la panadería. Mami no está de humor hoy y necesita que vayas a comprar pan para el desayuno-. Estefanía no dijo nada. Tampoco podía. El ardor y los grumos que le quedaban en la garganta se lo impedían. Se restregó los ojos, se vio a sí misma y como notó que estaba vestida, un short y una franela, decidió bajar así. Pasó por la sala y su mirada se fue directamente a la foto de su padre. La mesa de madera estaba cubierta de retratos de la primera comunión, de las hermanas juntas, de la madre con el padre años atrás, pero ninguna pareció importar sino esa. Sólo esa. -10 años hoy papá, cómo te extraño- susurró. El sonido de una puerta cerrada hizo que brincara. Su madre no estaba para nadie ese día. Le sorprendía que siquiera quisiese desayunar. De todas formas se dirigió a la puerta, bajó las escaleras de su edificio y casi resbala a causa del piso mojado en planta baja. -Uy mi niña no te me vayas a caer mira que acabo de limpiar-, -perdón Maribel es que tengo que comprar unas cosas, ¿puedo pasar?-, -mejor que aguantes un rato- pero al verle la cara de preocupación, la conserje le dijo –dale, pero por el ladito-. Estefanía bordeó el área mojada y rió tras pasar el pasillo a salvo y sin dejar marcas. Su sonrisa cautivó a Maribel y ésta también rió. Una vez afuera miró a su alrededor. Siempre lo hacía pues no era muy seguro. La Urbina, sobre todo su calle, la número 14,  se había convertido en una zona de robos y secuestros a cualquier hora del día. Aprovechó que no venía nadie para sacar su blackberry que no había parado de sonar desde que había abierto los ojos. Eran puros mensajes de despedida. “Te extrañaré con locura amiga”, “Guárdame un vasquito para divertirme cuando te vaya a visitar”, “Disfruta en exceso y vive al extremo mi Tefi bella”, y así iban. Los fue revisando poco a poco y sólo levantaba la mirada para asegurarse que sus pasos seguían coordinados en la acera y no se habían desviado hacia la calle. Estefanía no se dio cuenta cuando un mazda color negro con 4 sujetos adentro (luego identificados como Jorge Luis Hermoso García, de 20 años de edad, Fernando Antonio Cañas Vásquez, de 28, y dos adolecentes de 16, y 17 detenidos por funcionario del CICPC) se detuvieron a su lado. Fue una agresión desmedida. Intentaron robarle el dispositivo móvil y como ella se resistió, la golpearon y lanzaron contra el asfalto. Estefanía, con un dolor que la recorría por todo el cuerpo intentó moverse, y los sujetos al notar el movimiento, la arrollaron con el carro y la dejaron allí. Mucho tiempo pasó antes de que alguien se diese cuenta de lo ocurrido. Una vecina asomada en su balcón logró llamar a los bomberos y la niña fue trasladada de inmediato al hospital Domingo Luciani. En la ambulancia, Estefanía tuvo fuerza tan sólo para pronunciar el número de su madre a los paramédicos, para luego, cerrar los ojos. El hospital fue una completa desgracia y un caos total: heridos caminando por los pasillos, médicos y enfermeras discutiendo, teléfonos sonando. Estefanía no pudo ser atendida porque no había tomógrafo por lo que fue trasladada a la clínica El Ávila donde fue intervenida quirúrgicamente. Tres días estuvo en coma y no recuperó la conciencia. De todas maneras si lo hacía, iba a padecer de daño cerebral pues la lesión había sido severa: fractura de cráneo por desprendimiento del temporal derecho y pérdida de masa encefálica”. La mañana del miércoles su cuerpo descansaba sin vida en la sala de cuidados intensivos. Los gritos en el pasillo de Ambar y su madre Vanessa desgarraban a cualquiera. –Te la llevaste desgraciado, eso era todo lo que tú querías- gritaba mirando hacia el techo. Los que conocían a la familia sabían que se dirigía a su esposo que había muerto 10 años antes manejando bicicleta en la cota mil. –Eres un maldito, me quitaste a mi chiquilina, te odio, ¡te odio!-. A su alrededor, todos –familiares y amigos- veían la escena de las dos mujeres sentadas en el piso abrazándose la una a la otra y llorando desesperadamente. No faltaban sino 2 días para que las Hernandez  se fuesen a vivir a Barcelona y se olvidaran de Caracas para siempre. El valor de la vida de su hija y hermana se perdió y fue comparada a la de un celular. La inseguridad las alcanzó y las abrazó. El dolor fue irresistible y el miedo, asfixiante. 

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