LA ÚLTIMA DILIGENCIA
Un domingo el mañana Estefanía se despertó con una gran
resaca. Su cuerpo parecía no pertenecerle y lo sentía ajeno a su cabeza que se
sentía atrapada en las voces de las personas cantando reggaetón (o más bien
gritando como si fuese una competencia de ver quien se sabía mejor los “mi gata
me dice arre, arre, arre” o los “la media vuelta, sacude duro”) que le hicieron
perder el control la noche anterior. Hizo el ritual que sus amigas le habían
indicado: tres vasos de agua y una aspirina antes de dormir, pero no había
resultado aparente. Al tratar de sentarse en la cama, un mareo la sorprendió
haciéndola expulsar lo único que tenía en la barriga, 7 u 8 shots de tequila y
un pan con mantequilla que se había atragantado antes de lanzarse en la cama y
perder el conocimiento. –Buena noche ¿no?-. Subió la mirada y vio a su hermana
menor, Victoria, en la puerta del cuarto. –Tranquila, yo lo limpio, pero
entonces ve tú a la panadería. Mami no está de humor hoy y necesita que vayas a
comprar pan para el desayuno-. Estefanía no dijo nada. Tampoco podía. El ardor
y los grumos que le quedaban en la garganta se lo impedían. Se restregó los
ojos, se vio a sí misma y como notó que estaba vestida, un short y una franela,
decidió bajar así. Pasó por la sala y su mirada se fue directamente a la foto
de su padre. La mesa de madera estaba cubierta de retratos de la primera
comunión, de las hermanas juntas, de la madre con el padre años atrás, pero
ninguna pareció importar sino esa. Sólo esa. -10 años hoy papá, cómo te
extraño- susurró. El sonido de una puerta cerrada hizo que brincara. Su madre
no estaba para nadie ese día. Le sorprendía que siquiera quisiese desayunar. De
todas formas se dirigió a la puerta, bajó las escaleras de su edificio y casi
resbala a causa del piso mojado en planta baja. -Uy mi niña no te me vayas a
caer mira que acabo de limpiar-, -perdón Maribel es que tengo que comprar unas
cosas, ¿puedo pasar?-, -mejor que aguantes un rato- pero al verle la cara de
preocupación, la conserje le dijo –dale, pero por el ladito-. Estefanía bordeó
el área mojada y rió tras pasar el pasillo a salvo y sin dejar marcas. Su
sonrisa cautivó a Maribel y ésta también rió. Una vez afuera miró a su
alrededor. Siempre lo hacía pues no era muy seguro. La Urbina, sobre todo su
calle, la número 14, se había convertido
en una zona de robos y secuestros a cualquier hora del día. Aprovechó que no
venía nadie para sacar su blackberry que no había parado de sonar desde que
había abierto los ojos. Eran puros mensajes de despedida. “Te extrañaré con
locura amiga”, “Guárdame un vasquito para divertirme cuando te vaya a visitar”,
“Disfruta en exceso y vive al extremo mi Tefi bella”, y así iban. Los fue
revisando poco a poco y sólo levantaba la mirada para asegurarse que sus pasos
seguían coordinados en la acera y no se habían desviado hacia la calle. Estefanía
no se dio cuenta cuando un mazda color negro con 4 sujetos adentro (luego
identificados como Jorge Luis Hermoso
García, de 20 años de edad, Fernando Antonio Cañas Vásquez, de 28, y dos
adolecentes de 16, y 17 detenidos por funcionario del CICPC) se detuvieron a su
lado. Fue una agresión desmedida. Intentaron robarle el dispositivo móvil y
como ella se resistió, la golpearon y lanzaron contra el asfalto. Estefanía,
con un dolor que la recorría por todo el cuerpo intentó moverse, y los sujetos
al notar el movimiento, la arrollaron con el carro y la dejaron allí. Mucho
tiempo pasó antes de que alguien se diese cuenta de lo ocurrido. Una vecina
asomada en su balcón logró llamar a los bomberos y la niña fue trasladada de
inmediato al hospital Domingo Luciani. En la ambulancia, Estefanía tuvo fuerza
tan sólo para pronunciar el número de su madre a los paramédicos, para luego,
cerrar los ojos. El hospital fue una completa desgracia y un caos total:
heridos caminando por los pasillos, médicos y enfermeras discutiendo, teléfonos
sonando. Estefanía no pudo ser atendida porque no había tomógrafo por lo que
fue trasladada a la clínica El Ávila donde fue intervenida quirúrgicamente.
Tres días estuvo en coma y no recuperó la conciencia. De todas maneras si lo
hacía, iba a padecer de daño cerebral pues la lesión había sido severa:
fractura de cráneo por desprendimiento del temporal derecho y pérdida de masa
encefálica”. La mañana del miércoles su cuerpo descansaba sin vida en la sala
de cuidados intensivos. Los gritos en el pasillo de Ambar y su madre Vanessa desgarraban a cualquiera. –Te la llevaste desgraciado, eso era todo lo que tú
querías- gritaba mirando hacia el techo. Los que conocían a la familia sabían
que se dirigía a su esposo que había muerto 10 años antes manejando bicicleta
en la cota mil. –Eres un maldito, me quitaste a mi chiquilina, te odio, ¡te
odio!-. A su alrededor, todos –familiares y amigos- veían la escena de las dos
mujeres sentadas en el piso abrazándose la una a la otra y llorando
desesperadamente. No faltaban sino 2 días para que las Hernandez se fuesen a
vivir a Barcelona y se olvidaran de Caracas para siempre. El
valor de la vida de su hija y hermana se perdió y fue comparada a la de un
celular. La inseguridad las alcanzó y las abrazó. El dolor fue irresistible y
el miedo, asfixiante.

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